Por Pablo Corso. Van apenas cuatro meses, pero ya tenemos la palabra del año: insularidad. Aislamiento o -según la Real Academia- cualidad de insular, es decir, natural de una isla. En la vigesimosexta edición de su encuesta anual de confianza (33.938 entrevistas en 28 países), Edelman sintetizó en ese vocablo el estado mental mediante el cual tendemos a confiar casi únicamente en quienes comparten nuestros valores, experiencias y formas de resolver problemas, en contraste con la desconfianza creciente hacia quienes consideramos diferentes.
La consultora lo sintetiza en un gráfico circular de tonos incandescentes. En el núcleo, la propia insularidad. En el anillo siguiente, el agravio: “la percepción de que tanto el gobierno como las empresas actúan en contra de las personas, priorizando a unos pocos y reforzando un sistema que beneficia a los más ricos mientras la mayoría queda relegada”, explica Paola Podestá, gerente general de la filial argentina, con experiencia en IBM, Kimberly-Clark y agencias de comunicaciones como Muchnik, Alurralde yJasper & Asociados. “Donde crece la mentalidad insular, también aumenta el agravio”, plantea. Un malestar con el sistema que nos impulsa a replegarnos hacia las voces e instituciones más cercanas.
El último anillo del gráfico nombra la polarización: la creencia de que las divisiones en nuestro país están demasiado arraigadas. Y como una constelación de satélites amenazantes, el costo de vida, la discriminación, la desinformación y las consecuencias -invisibles pero duraderas- de una pandemia que ya nos dejó, aunque nosotros no la hayamos dejado.
¿La isla bonita?
El sentimiento insular está alimentado por la ansiedad económica, las tensiones geopolíticas y la disrupción traumática de las nuevas tecnologías. En Argentina, donde podríamos tildar con facilidad los tres casilleros, eso genera -y retroalimenta- círculos que solo reflejan las opiniones propias, afectando la capacidad de las instituciones defomentar el diálogo, la cooperación y el consenso en entornos cada vez más fragmentados.
Ilustrado con imágenes del papa León XIV, marchas contra la inteligencia artificial y gráficos bursátiles que se mueven como una montaña rusa, el Trust Barometer encontró que el 77% de los encuestados del país dudan o no están dispuestos a confiar en personas y organizaciones con valores, información o enfoques diferentes a los propios. Cuando las instituciones son lideradas por alguien que es considerado diferente, la brecha de confianza entre quienes tienen mentalidad abierta e insular cae 24 puntos en el gobierno, 19 en las empresas, 20 en las ONGs y 25 en los medios.
Una curiosidad: con rangos de apoyo que van del 70% al 80%, científicos y docentes -dos sectores especialmente castigados en la gestión libertaria- siguen siendo los más confiables, muy por encima de periodistas y políticos, con 38% cada uno. “Lo que parece estar en juego -plantea Podestá- no es tanto la confianza en estos expertos, sino su influencia, desafiada tanto por intentos de deslegitimar sus sectores como por la creciente presencia de personas sin acreditación que se posicionan como voces expertas”.
Es un terreno de contradicciones. Mientras uno de cada tres empleados preferiría cambiarse de sector antes que reportar a un gerente con valores diferentes, la mayoría plantearon que las instituciones -sobre todo las empresas- “tienen la obligación de tender puentes y facilitar la construcción de confianza entre grupos que desconfían entre sí”. ¿Se percibirán ellos mismos como parte de las instituciones que están fallando? El informe advierte que, cuando no se atienden, las diferencias frenan la productividad en el trabajo, debilitan el liderazgo de los CEOs y crean mayor resistencia a la innovación.
La tormenta perfecta
El capítulo argentino explora otras aristas de alta sensibilidad, como el temor a perder el empleo por la recesión “inminente”: del 65% en 2020 al 75% en 2026. Aunque en Edelman aclaran que “el informe presenta este escenario sin atribuir responsabilidad específica a actores concretos”, confirman que en nuestro país “el porcentaje de empleados que temen perder su empleo debido a una recesión alcanza un máximo histórico, y también aumenta la preocupación por el impacto de los conflictos comerciales y tarifarios en las empresas”, en el contexto de una percepción general de incertidumbre económica e inestabilidad geopolítica.
Argentina sigue la tendencia regional, donde el 74% de los encuestados también mostraron poca o nula predisposición a confiar en quienes piensan distinto. Y la región sigue la tendencia global. “En los últimos cinco años, como resultado de acontecimientos sociales importantes [la inflación, los resultados de las elecciones nacionales, la pandemia, la desinformación y el uso creciente de plataformas de IA generativa], las personas han ganado confianza en las relaciones personales, y la han perdido confianza en líderes gubernamentales, los grandes medios informativos y líderes empresariales extranjeros”, insiste el barómetro.
Es una lógica implacable: lo que se ve en la superestructura tiene su correlato en la base. Desde hace tres lustros, la brecha de confianza entre los grupos con ingresos altos y los de ingresos bajos se duplicó a nivel global. No casualmente, la confianza aumenta de forma constante entre los primeros, y se estanca -o se desploma- entre los segundos.
Entonces, ¿cómo construirla en un contexto de audiencias escépticas, que consumen información en espacios cada vez más homogéneos? “Existe una expectativa de que las instituciones contribuyan a construir confianza entre grupos con diferencias”, se esperanza Podestá. En esa línea, el gobierno y los empleadores deberían desarrollar acciones “orientadas a facilitar el entendimiento entre grupos, promover el diálogo y desarrollar relaciones de largo plazo. Es decir, actuar como institución que nuclee a diversos actores sin buscar convencerlos, sino escucharlos, apoyándose en intereses comunes”.
Es lo que el informe llama brokering de confianza: un enfoque para conectar sin juzgar, con el objetivo explícito e implícito de tender puentes y cerrar brechas. Para llegar ahí, los encuestados argentinos propusieron -en ese orden- la búsqueda de soluciones sin tomar partido, confiar en los valores de la empresa y -en una demostración de que todos somos parte del problema- más apoyo a las posturas propias.
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