Hay historias que merecen ser contadas. Por lo extraordinarias, por lo tremendas, porque también cuentan la historia de un país. Porque contarlas —esperamos— evita que se repitan. Nuestro compañero y colega Pablo Corso narra con maestría una de esas historias. En El ojo en la tormenta (Editorial Marea), Pablo reconstruye la vida de Víctor Basterra, el fotógrafo y obrero gráfico que desafió a la dictadura filtrando imágenes de secuestradores y secuestrados de la ESMA. Su testimonio, junto con las fotografías, fue clave para la condena de los represores en el histórico Juicio a las Juntas.
En el invierno de 1979, Víctor Basterra es un recién llegado a la ESMA y ya oyó las historias sobre personas que caen al río desde las alturas. En 1981 lleva más de un año fotografiando a sus captores. Fabrica documentos falsos y les regala una nueva identidad. Lo hace como un autómata sumiso, como el firmante de un pacto extorsivo: la esclavitud a cambio de la vida. Sabe que está en manos de sus captores, pero ellos no saben que su destino dependerá del prisionero.
«La idea fue contar cómo un hombre común hizo algo extraordinario, y cómo repercutió eso en su vida y en la del país: las derrotas, las victorias, las revanchas, los renunciamientos y la pregunta —que también intenta organizar buena parte del relato— sobre la posibilidad de la redención», comparte Pablo.
La investigación implicó un arduo trabajo: 50 entrevistados, algunos hasta cinco veces, con muchos chequeos posteriores. Familiares, amigos, personas relacionadas con su infancia y juventud, excompañeros de militancia y de cautiverio, militantes de derechos humanos, abogados y fiscales. También revisó cientos de páginas de archivo; decenas de entrevistas escritas, radiales, televisivas y digitales que Basterra concedió entre 1984 y 2019; fotos, listas y documentos en el CELS —donde además había un archivo digital de 90 documentos con la palabra «Basterra», algunos de cientos de páginas—; expedientes judiciales; legajos de la CONADEP; declaraciones en los juicios; libros sobre la militancia en los 70; análisis académicos; fotos, cartas y escritos privados.
«El libro fue tomando forma en base a esa investigación y a una estructura general que tenía más o menos clara desde el principio: debía haber un comienzo de impacto, un orden cronológico, una reconstrucción detallada del secuestro, un relato coral sobre el cautiverio, otro más íntimo sobre la implosión personal que siguió a la libertad, y una mirada —lo más clara posible— sobre su transición de sobreviviente cuestionado a testigo incuestionable. Busqué que la dimensión íntima, familiar y amorosa funcionara como complemento, sostén y contraparte de ese relato más público», detalla el autor.

Pablo ¿cómo surge la idea de contar esta historia?
Fue hace unos cuatro años. Llevaba un tiempo al acecho de una historia que me permitiera escribir largo y en profundidad, cuando leí en redes sociales un relato resumido sobre quién había sido Víctor Basterra y qué había hecho al salir de la ESMA. Entonces hubo un impulso claro, una reacción casi física: «Acá hay un libro». Cuando comprobé que ese libro no estaba escrito, el entusiasmo se convirtió en la propuesta a Marea, editorial especializada en derechos humanos.
¿Por qué decidiste contarla y qué te gustaría que suceda con el libro?
Basterra era un personaje con un nivel de conocimiento medio entre las personas interesadas en estos temas, y pensé que el 50.º aniversario del golpe de Estado podía ser una buena oportunidad para que su historia se volviera más conocida.
Entre los motivos más individuales, creo que primó ese impulso por construir un relato potente, protagonizado por un héroe. Si era un héroe imperfecto, si podía acceder a los pliegues de esa imperfección tratando de respetar a alguien que ya no podía defenderse, mucho mejor.
Hubo momentos en que me pregunté por qué otra historia sobre la dictadura. Más tarde, con el estupor ante la gestión libertaria, ese interrogante volvió a cobrar fuerza. Entonces me respondía que quizá valía la pena precisamente por eso.
A lo largo de la investigación, cuando detecté que había una historia íntima que contrastaba —pero también explicaba— lo que había hecho Basterra durante su cautiverio, sus salidas y su libertad, volví a convencerme de que era un relato que merecía su lugar.
Me gustaría que el libro circule, que propicie debates, que sirva para contrastar con la liviandad con que, en algunos círculos, entre algunas personas, se habla del accionar —y el legado— de los represores. También traté de hacer un aporte honesto a algunas conversaciones incómodas: el lugar contradictorio que ocupan los sobrevivientes, los conflictos que pueden surgir entre ellos, y la posibilidad de redimensionar hechos y actitudes, pensarlos de nuevo, cambiar de opinión si es necesario.
Somos testigos del recorrido que viviste con este libro. Contar esta parte de la historia y las terribles experiencias de la ESMA puede ser un proceso doloroso. ¿Cómo lo viviste como escritor?
Escribir sobre alguien que ya no está da una ventaja —no puede contradecirnos— y una debilidad: es grande la responsabilidad de tomar su palabra, sintetizarla y reordenarla sin tergiversar lo que dijo y lo que hizo. Busqué que esa palabra estuviera bien al frente —con citas directas de entrevistas a diarios, revistas, radios y canales— siendo siempre consciente de lo que implicaba editarla.
Me hubiera gustado tenerlo enfrente para preguntarle muchas cosas. Basterra dio decenas —quizá centenares— de entrevistas a lo largo de su vida, pero solía tener un guion bien armado, de una sutileza un poco inexpugnable, y hay cosas que nunca contó. Lo más difícil a nivel emocional fue la reconstrucción de las partes más duras, como el secuestro y la tortura. Me propuse hacerlo sin morbo pero con precisión, y pasé varios días organizando y dando forma a esas escenas. En algún momento fue inevitable internalizar ese sufrimiento, a veces durante las horas de sueño.
Investigar la vida de Basterra fue también un intento de comprenderlo a fondo. Encontrarme con la orfandad, la pobreza, la vida callejera, el trabajo desde chico, el altruismo de la militancia territorial fue configurando una simpatía. Descubrir los puntos más bajos —las ausencias íntimas, algunas intransigencias públicas— equilibró un poco las cosas, pero la sensación sigue siendo la misma: me hubiera encantado haberlo tenido enfrente.
Fotografia Sol Basterra (Víctor Basterra en la ESMA hacia fines de 1979)
