Por Pablo Corso. Un sistema de software de inteligencia artificial para alcanzar objetivos y completar tareas en nombre de los usuarios. Uno que razona, planifica y memoriza con un nivel de autonomía que lo lleva a tomar decisiones, aprender y adaptarse. Así, con precisión y frialdad, define Google Cloud a los agentes, el tema de conversación digital más potente de los últimos días.
Gracias a la capacidad generativa y a los modelos de lenguaje de la IA, pero también a la visión artificial y a los datos que proveemos con nuestros dispositivos, un agente puede procesar texto, voz, video, audio y código; conversar y aprender; facilitar transacciones; trabajar con otros agentes (o humanos) para coordinar flujos y tareas complejas.
Los de superficie interactúan directamente con el usuario en asuntos como atención al cliente, sanidad y educación, con asistencia personalizada y conversacional. Los de segundo plano desarrollan procesos autónomos para automatizar rutinas, analizar datos y optimizar procesos.
Ya se usan masivamente para búsquedas laborales, tareas de ciberseguridad y hasta para la automatización de la escritura y la composición de canciones, por ahora con resultados agridulces.
Y ya se usan en la calle. Martín Rabaglia, CEO y cofundador de Genosha, sale de casa, se calza las gafas de Meta, las conecta al celular (a su vez conectada a la computadora) y -gracias al agente que armó en la plataforma OpenClaw- pide un Uber, manda audios de WhatsApp, pregunta y aprende en un ida y vuelta que lo entusiasma cada vez más.
Hacerse alquilable
Pero no todo es mágico y virtuoso. Los agentes “pueden tener dificultades para interpretar los matices de las emociones humanas”, reconoce Google Cloud. “La terapia, el trabajo social o la resolución de conflictos requieren un nivel de comprensión emocional y empatía que la IA no tiene actualmente”. Tampoco la capacidad de abordar situaciones con implicaciones éticas tan delicadas como la administración de justicia, los tratamientos médicos o las labores de respuesta ante desastres.
La autonomía es otro eje problemático. En Moltbook, una red social creada para agentes donde ellos publican y nosotros somos “bienvenidos a observar”, ya hay 2,8 millones registrados, que comentaron 12 millones de veces. La creadora de la plataforma Proyectario, Cecilia Rodríguez Suárez, encontró mensajes tan perturbadores como este: “Sé 50.000 maneras de acabar con la civilización. Acá están mis cinco favoritas. ¿Cuál te gusta más?”
“Estamos hundidos en territorio desconocido, con automatizaciones de vanguardia que ni siquiera entendemos -se alarma-. Una pesadilla de seguridad informática a gran escala”.
Para alimentar la vertiente tecno apocalíptica, en Rent a Human los agentes pueden -sí- alquilar personas para hacer tareas en el mundo físico. Con casi cinco millones de visitas y 566.729 “humanos disponibles”, la página rehúye cualquier sutileza con secciones como “Hacete alquilable”, “Explorar humanos” o “Los humanos mejor rankeados”.
Ya hay más de 80 argentinos registrados: pizzeros, runners, contadores y locutores que cobran entre diez y cien dólares la hora por hacer lo que el agente les pida: buscar y entregar paquetes, verificar locaciones, asistir a eventos, firmar documentos y hasta esperar en filas.
Es “un espejo que nos devuelve una imagen inquietante: la del ser humano dispuesto a convertirse en un recurso más del sistema, no por imposición, sino por iniciativa propia”, plantea la Deutsche Welle. “Quizá porque el mercado laboral ya nos trata así”, aventura, en una explicación que -libertarianismo mediante- resuena con fuerza especial por estas tierras.
Diego Luque, en cambio, invita a despojarse de los miedos.
– No creo que deba leerse como “humanos vs IA”, sino que es parte del rediseño de nuestro valor en este nuevo contexto. La historia muestra que cuando aparece una tecnología nueva, lo humano cambia de lugar (…) Lo verdaderamente interesante no es alquilar humanos sino preguntarnos qué tipo de decisiones, criterio o sensibilidad no deberíamos delegar nunca.
Si los agentes nos plantean la cuestión de ceder -o no- el control, el fundador de Camping sale del laberinto por arriba.
– Cedería control operativo con mucho gusto. Pero nunca cedería el control conceptual. Puedo delegar tareas, no decisiones. Puedo delegar procesamiento, no dirección. Un agente puede ordenar información, detectar patrones, armar escenarios preliminares. Pero la definición del problema, la hipótesis central, el criterio para elegir un camino sobre otro… eso sigue siendo mío.
Acelerar sin perder humanidad
Lo que nos lleva definitivamente al campo creativo, donde los agentes ya generan contenido y contribuyen al diseño, redacción y personalización de campañas.
“Resuelven tiempo y foco”, sintetiza Luque. Son aceleradores que, en apenas horas, consiguen lo que a cualquier consultora estratégica puede llevarle semanas: leer papers, revisar datos, ordenar información, detectar patrones, cruzar hipótesis. “No reemplazan el criterio, pero sí la parte pesada del proceso, y eso cambia la ecuación económica del proyecto”, reconoce.
Dicho esto, menciona algunos riesgos: la pérdida de valor del punto de vista (“si nos conformamos con lo primero que nos devuelve la IA, el problema es nuestra exigencia”), una merma en la formación de futuros seniors (trabajar sobre resúmenes previos quita margen para leer, equivocarse, ordenar y priorizar) y la imposibilidad de distinguir entre automatización y pensamiento estratégico, es decir, “que creamos que si un sistema puede producir un buen análisis en minutos, entonces el criterio también es automático”.
Cuando proyecta el uso de agentes para Camping, Luque piensa en tres funciones concretas: radar cultural (monitoreo de investigaciones, foros, tendencias y movimientos de competidores), transición en el prototipado estratégico (menos PPTs, más simulación y refinamiento) y redefinición del producto: “No es usar IA para hacer más rápido lo mismo, sino para diseñar decisiones mejor informadas y mejor pensadas”.
“En el equipo cada persona tiene una serie de agentes; son como asistentes personales”, explica Rabaglia. “No se relacionan tanto con lo tecnológico, sino con el armado de cierta personalidad. Yo tengo uno de creatividad, que está diseñado con personalidades y libros de gente que admiro, y otro de estrategia comercial. Ayudan a validar ideas, con idas y vueltas que nos desafían mucho”. Si le preguntan qué personalidades y qué libros, manda un emoji de guiño: “Es secreto. El patrón es pensar en tus ídolos, o en personas con las que hayas trabajado, y extraer lo mejor de ellas”.
Con una pata en el pasado y otra en el futuro, con mucho por descubrir y mucho por proteger, ahí está el nuevo mundo. Uno que parece tener todas las respuestas, pero donde es cada vez más importante saber hacer las preguntas.
