Por Pablo Corso. Cuando Jack Conte -músico, californiano, 41 años- entra al escenario, luce liviano y distendido. Jogging gris, hoodie verde agua, visera al tono. Pero Jack está cargado. Poco después de compartir su entusiasmo por el do it yourself de las tecnologías con que se formó (animación stop motion, Pro Tools, efectos especiales), su estado de ánimo se torna sombrío: una angustia palpable que se apodera del Hilton Grand Ballroom de Austin durante el SXSW 2026.
Conte se está explayando sobre las consecuencias no deseadas de la masificación de las industrias de la música y el cine: primero los despidos de las orquestas en vivo; después, su reemplazo por aparatos capaces de reproducirlas por una fracción del costo. Gracias a la inteligencia artificial, la última de esas mutaciones combina la reproductibilidad digital infinita con el borramiento del artista humano: el software que simula dibujos hechos a mano, el que genera una línea de bajo sin que nadie pulse una cuerda.
Cuando profundiza en el estado actual de las cosas, la angustia deriva en llanto. “Nuestro trabajo fue usado sin nuestro consentimiento, sin pagarnos y sin darnos el crédito”, denuncia sobre el entrenamiento de los modelos de IA. Son emociones mezcladas: los artistas, reconoce, también se sienten atraídos por las nuevas posibilidades. Como cofundador de Patreon, donde los creadores brindan acceso exclusivo a su trabajo, lo sabe mejor que nadie. La plataforma fue valuada en cuatro billones de dólares.
Aun así, el ataque es frontal. Conte repasa cómo te exprimen los algoritmos de las big tech -premiando la frecuencia con que subís videos, la duración corta, los formatos verticales- y llega a una conclusión prístina pero dramática: nada, nunca, es suficiente para los dueños; el artista está destinado a sufrir.
Aliados inesperados
En este río revuelto, surgen aliados inesperados. A principios de mayo, gigantes editoriales como Hachette, Macmillan y McGraw Hill, aliados al bestseller Scott Turow (expresidente del sindicato The Authors Guild), demandaron a Meta y a Mark Zuckerberg por usar obras protegidas para entrenar sus modelos LLaMA.
“Los demandados robaron millones de obras protegidas por derechos de autor, siguiendo instrucciones de Zuckerberg, y luego construyeron un imperio multimillonario a costa de editores y autores”, critica la Asociación de Editores Estadounidenses (AAP, por sus siglas en inglés). Meta “descargó sin autorización información de prácticamente toda internet, incluyendo contenido disponible solo por suscripción”. Fue un plan “deliberado y oportunista” en el que “optó por vivir según su lema de actuar rápido y romper cosas, y ahora debe rendir cuentas por lo que rompió”.
Con foco en el impacto económico de esos modelos generativos sobre el mercado editorial, “los demandantes afirman que herramientas como LLaMA ya son capaces de producir libros imitativos en el estilo de autores reconocidos, generar resúmenes detallados de obras protegidas e inundar plataformas como Amazon con contenidos derivados que compiten directamente con obras humanas”, plantea Daniel Benchimol, director del sitio Proyecto451.
La presentación incluye ejemplos específicos: cuando se le pidió a LLaMA escribir una guía de viajes al estilo de la autora Becky Lomax, el sistema generó un texto que reproducía su tono con precisión; al solicitar un resumen de Presumed Innocent, del propio Turow, el modelo reconoció que lo habían entrenado con una copia digital de la novela.
“Todos los estadounidenses deberían comprender que el brillante futuro prometido por la IA, parafraseando al periodista Alex Reisner, se ha construido con palabras robadas -advirtió Turow-. Resulta aún más vergonzoso que estas violaciones de la ley hayan sido cometidas por una de las corporaciones más ricas del mundo”.
La pérdida del aura
Por debajo de la batalla por derechos y compensaciones, emerge una discusión aun más inquietante. ¿Qué pasa cuando gran parte de las funciones intelectuales pueden automatizarse? ¿Cómo cambia la relación de las personas con el pensamiento y la construcción de criterio?
“Gran parte del trabajo del conocimiento no consiste simplemente en producir resultados visibles (un informe, una presentación, un memo o un texto) sino en el propio proceso mental que lleva a elaborarlos”, recuerda Benchimol. “Escribir, resumir, investigar o editar no serían solamente tareas mecánicas orientadas a obtener un output, sino formas de ordenar ideas, construir comprensión y desarrollar juicio”. A mayor delegación, mayor riesgo de pérdida de esos esfuerzos cognitivos.
El especialista en capitales de riesgo Rex Woodbury aborda el asunto en su ensayo “El trabajo del conocimiento en la época de la reproductibilidad por IA”, una relectura del clásico de Walter Benjamin “La obra de arte en la época de su reproducibilidad técnica”. Hace noventa años, el filósofo alemán planteó que cada pieza artística tiene un aura originada en su unicidad, su presencia física. Hay una sola Noche estrellada de van Gogh, y está en el MoMA. La tecnología la despoja del aura: un poster de la Noche estrellada ya no es la Noche estrellada. La lógica se intensifica con la IA. Una imagen generada en Studio Ghibli está a años luz de la sustancia y de la energía vital del trazo de Miyazaki. “Es un insulto a la vida misma”, había disparado el director japonés al ver Ias animaciones artificiales. “Siento que nos acercamos al fin de los tiempos. Como humanos, estamos perdiendo la fe en nosotros mismos”.
Bajo ese paraguas ético y estético, Woodbury se suma a las huestes de quienes creen que el arte hecho 100% por personas se volverá un significante cada vez más valorada, un activo que otorgará un estatus premium en un mercado artístico, mediático y laboral inundado de piezas siempre iguales en sus variaciones maquinales.
El diferencial humano
En un mundo donde el costo del conocimiento tiende a desplomarse, su valor está, más que nunca, determinado por la procedencia y la responsabilidad. Todavía necesitamos la firma del médico en la receta, el nombre del abogado en el contrato, advierte Woodbury. “La razón: ¡alguien tiene que responder!” Quizás algún día sea un agente, pero por el momento, “las empresas que logren una ventaja competitiva a corto plazo serán aquellas que combinen el conocimiento con una acreditación profesional sólida”. Goldman en el sector financiero, PwC en consultoría, el Times en periodismo.
En los próximos años, “la economía del conocimiento se parecerá mucho al mercado del arte posterior a 1935: un long tail que explota en volumen y se desploma en precio, y un top end que se vuelve más valioso y más concentrado”, pronostica. “El valor diferencial empieza a desplazarse menos hacia la capacidad de producir texto y más hacia habilidades asociadas a interpretación, criterio, sensibilidad contextual y pensamiento original”, complementa Benchimol.
Las audiencias también parecen estar revalorizando la creatividad humana. El 47% de los encuestados para un informe de VML Intelligence creen que las personas todavía tenemos una ventaja creativa e imaginativa, contra el 30% de quienes apuestan por la IA. Un ejemplo: en feeds cada vez más inundados por imágenes sintéticas, el streaming en vivo aparece como un espacio donde la falla y los momentos no guionados son un soplo de aire fresco.
Bajo una lógica similar, crece el backlash contra campañas con un protagonismo excesivo de la IA, como las de Valentino y Gucci, a quienes se culpa de una pereza visual indigna de su estirpe. “En una era donde cualquiera puede generar contenido al instante, el verdadero factor diferenciador ya no sería la eficiencia, sino la evidencia de la creatividad, el esfuerzo y la perspectiva humanos”, coincide VML.
Hacia el final de su charla, Jack Conte saca una hoja y aclara que ama la tecnología, que todavía cree que le puede hacer bien a las personas. Pero insiste: los creadores deben cobrar por su trabajo. Las sociedades que los valoran e incentivan son, sencillamente, mejores. Por eso existe el copyright, por eso existen los sindicatos. También tiene un mensaje para los artistas. Los años que vienen van a ser duros; los modelos conocidos, otra vez, van a estallar por los aires.
Pero no es el final. Las personas no somos generadores de patrones: somos seres sintientes, complejos, impredecibles y -sobre todo- amantes del riesgo. Por ahora, no hay una máquina que cubra todos los requisitos. La charla se puede ver en YouTube. Quienes no compraron la suscripción premium comprobarán que está inundada de anuncios de emprendimientos con IA que prometen una vida más fácil. Paciencia. Solo hay que esperar unos segundos y presionar “saltar”.
Foto de Chermiti Mohamed en Unsplash

